Un saludo y abrazo de máxima solidaridad para Todos y Todas..Allí les dejo este video esperando les guste y lo disfruten .
Carlos Echeverry Ramirez
fitofeliz@hotmail.com
miércoles 11 de noviembre de 2009
jueves 10 de septiembre de 2009
La Concha de Oro ISBN: 987-0-9683701-3-1 Carlos Echeverry Ramirez- Colombia
Queridos amigos y estimados lectores. Ya que muchos de ustedes me piden un avance en lo relacionado a mi novela la Concha de O ISBN: 987-0-9683701-3-1 va para todos y con maxíma alegría información y un fragmento corto.
Espero disfruten de ella y su personaje:
Lina Puñales del Rio...
Reservados Todos los Derechos de Autor ante: CIPO y WIPO
Carlos Echeverry Ramírez (Colombia)
Fragmento de:
La Concha de Oro
ISBN:987-0-9683701-3-1
Catonet Comunicaciones Grupo
Mexico-Colombia-España-Argentina-Canada
--------------------------------------------------
Lina Puñales Del Rio se está muriendo.
Le quedan pocos meses de vida. Va morir de la misma enfermedad que su señora madre.
Yo igual me estoy muriendo como todos en este mundo.
Aúnque espero sea en Paris. A los 93 años y "con un aguacero" como dijo Vallejo.
Y ántes que Lina Puñales Del Rio se muera. Les quiero contar todo lo que pasó en su corta historia, y en su larga e intensa Vida, de su voluptuoso cuerpo glorioso.
Les narraré la historia de los otros, que la conocieron. Y no lograrón sobrevivir a su ilimitada belleza y aterradora perversidad y sadismo. Son las palabras de los sobrevivientes y victimas y victimarios.
En ese pequeño y felíz Pueblo del litoral del rio Paraná, la costanera Guadalupe de santafe (capital) y de otras ciudades como: Buenos Aires, Miami, Barcelona, Mexico, Bogotá y Cali y en las qué Lina Puñales del Rio fue dejando por cantidades alarmantes por donde fue pasando muy satisfecha y sin distincion algúna de cama en cama y de hotel en hotel.
Son las historias de Todos aquellos y aquellas que terminarón bajo tierra y no lograrón describir lo vivido junto a ella.
Continua..
..
Toronto
Jueves 10 septiembre del 2009
Carlos Echeverry Ramirez (Colombia)
www.carlosecheverryramirez.org
fitofeliz@hotmail.com
Espero disfruten de ella y su personaje:
Lina Puñales del Rio...
Reservados Todos los Derechos de Autor ante: CIPO y WIPO
Carlos Echeverry Ramírez (Colombia)
Fragmento de:
La Concha de Oro
ISBN:987-0-9683701-3-1
Catonet Comunicaciones Grupo
Mexico-Colombia-España-Argentina-Canada
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Lina Puñales Del Rio se está muriendo.
Le quedan pocos meses de vida. Va morir de la misma enfermedad que su señora madre.
Yo igual me estoy muriendo como todos en este mundo.
Aúnque espero sea en Paris. A los 93 años y "con un aguacero" como dijo Vallejo.
Y ántes que Lina Puñales Del Rio se muera. Les quiero contar todo lo que pasó en su corta historia, y en su larga e intensa Vida, de su voluptuoso cuerpo glorioso.
Les narraré la historia de los otros, que la conocieron. Y no lograrón sobrevivir a su ilimitada belleza y aterradora perversidad y sadismo. Son las palabras de los sobrevivientes y victimas y victimarios.
En ese pequeño y felíz Pueblo del litoral del rio Paraná, la costanera Guadalupe de santafe (capital) y de otras ciudades como: Buenos Aires, Miami, Barcelona, Mexico, Bogotá y Cali y en las qué Lina Puñales del Rio fue dejando por cantidades alarmantes por donde fue pasando muy satisfecha y sin distincion algúna de cama en cama y de hotel en hotel.
Son las historias de Todos aquellos y aquellas que terminarón bajo tierra y no lograrón describir lo vivido junto a ella.
Continua..
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Toronto
Jueves 10 septiembre del 2009
Carlos Echeverry Ramirez (Colombia)
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sábado 29 de agosto de 2009
Carlos Echeverry Ramírez--Colombia
Crónicas de Barcelona ISBN:0-9683701-2-8
Reservados todos los derechos de Autor ante CIPO Y WIPO
Carlos Echeverry ramírez-Colombia
Fragmento
Y todas estas palabras ya lejanas para muchos y los dos en este momento. Y así la vida tuya y la nuestra se les fue y se nos fue, se nos fue... de las manos, escuchando palabras y sonidos en monólogos durante tantos años pasados, ¿recuerdas amor?, esas palabras son sólo palabras, y que hoy forman la parte triste de aquello llamado: El olvido.
Algunas veces que él bailaba entre ellos quería en esos momentos eternizar para todos y para ellas, en la habitación de la reunión en Barcelona esos segundos en los cuales nos sentimos dueños del mundo.
Cuando nada nos importaba.
Que ellas recuerden cuando eran unas Diosas Divinas.
Unas de las más bellas entre las bellas.
Y que los aplausos y la admiración los recibían por doquier.
En todas partes.
Y sobre todo en las grandes pasarelas y desfiles de la moda efímera llenas de luces y flash. En los grandes recintos académicos de las universidades de Boston, París y Barcelona. En Londres o Singapur las ovacionaban igual que en Caracas o Berlín y en Bogotá, Río o en Madrid, Rosario y Ámsterdam y Ciudad de México o Guadalajara.
Amor ausente, Amor mio recuerdas cuando escuchabas los aplausos de los poderosos y que al final eran sólo mediocres que te aplaudían sin parar y reías mucho en esas noches y en aquel entonces y eras la más bella.
Que ponías tranquilamente e indiferente el precio al mejor postor y como querías.
Que mirabas segura a todos los hombres, que los dominabas con tu mirada y que de todo creías tener el control.
Convencida estabas que podías Conquistar el Mundo y tenías a tus pies todo, donde y cuando lo querías.
Y que sin esconderlo decías al hombre de turno casi en llanto y al final de la noche en medio del licor y la marihuana y la Heroina y bajo las luces de neón o en las habitaciones en penumbra llenas de espejos: "Sólo te pido que me quieras un poquito".
Era lo que le decías desesperada implorando por el amor ..
.En esos segundos eternos en ese instante cuando susurrabas al oído, al nuestro, al de todos ellos, y más que todo aquel que no has podido olvidar nunca, nunca: el mío.
Tu aliento, tu risa al amanecer como murmullos alegres, y escuchábamos el trinar de pájaros con la aurora, tu sangre, nuestro hijo... aquel que pudo ser y nunca lo fue.
"Te quiero más que nadie en este mundo", le decías al hombre aquél cuando hacías en ese entonces tu tesis de grado.
Recuerdas cuando juntos besábamos el universo en noches alegres de amaneceres suaves y tibios con olor a guayaba.
Allá en la ardiente llanura de la vida.
Tu vida, la nuestra, la vida de todos en este mundo.
Y que ya hoy en día es tan solo dolor y llanto en tu vejez y en la mía.
Cuando también creían ellos dos juntos y solo los dos en medio del canto de las cigarras y los colibríes al mediodía y debajo de los siete gigantescos palos de mango del patio de tu casa, allá en la pampa y el litoral los dos en medio de besos ardientes y lunas llenas en la noche corta, creíamos equivocadamente que el amor era eterno.
Que me serías siempre fiel, antes que él.
Y que al oído le decías con ternura: Seré siempre tuya amor... Le hiciste creer que íbamos a ser jóvenes y bellos y que los amaneceres eran siempre nuestros.
Lo abrazabas y me hacías sentir dueño del mundo.
Lo besabas todo íntegro y le decías: todo lo tuyo es mío amor, y lo mío era todo tuyo.
Así lo hacías sentir y te creí ciegamente como un niño.
Le hiciste soñar en que todo era nuestro.
Que por estar juntos merecíamos todo y nos apropiábamos de todo y del mundo como si fuera nuestro también y sin tener la suficiente madurez y conocimiento, experiencia y sabiduría, para adueñarnos de la brisa con sus atardeceres rojos en la llanura.
Sin pensar más en todo lo anterior de su vida, amor, mi dulce amor, por qué ahora que está bailando lentamente y que el cuerpo ya no le responde por los dolores y su rigidez, y que está desdentado y lleno de arrugas, viejo, calvo y que sólo quiere decirte con alegría en su cara, esa que es tu cara también y fue la nuestra, la de ellos, la de nosotros y con sus risas y besos compartidos y alientos tuyos y míos, y que es la vida de todos los aquí presentes en la habitación mía, en Barcelona y en este mundo.
Tu mundo, el de tu madre y tus hermanos...y tu familia. Quiere decirte que sólo le quedan las ilusiones de aquellos días cuando lo pusiste a soñar como un niño en un mundo mejor.
Un mundo más justo y más solidario para todos los hombres, mujeres ancianos y niños de este mundo.
Le enseñaste a construir un mundo sin hambre y sin miseria y me enseñabas a soñar y amar un futuro para los dos.
Para todos, para todo el mundo entero. Le enseñabas a querer el amor en los amaneceres que eran fríos y sólo teníamos un colchón viejo en el piso y cuando todavía no le habían robado las ilusiones y creía en ti. Y todos los presentes en esa habitación de la pensión en Barcelona creíamos en ti. En ese mal llamado Amor... y en el mundo y en la justicia que nos rodeaba.
Creía en ti.
Cuando era más joven y todavía te esperaba.
Esta noche amor, mi amor de la llanura con amaneceres con olor a fruta dulce y arenas ardientes, cuando quizás nadie te espera... tú, una anciana igual a ellos, y por allá lejos muy lejos de mí y de nosotros aquí pensando y deseando que tu vida y la de ellos no sea dura... Ancianos cuando nadie nos espera ya tampoco ni en ningún lugar y que sólo nos espera la muerte como a todos los ancianos que he conocido y por los otros que cotidianamente comparten conmigo esta habitación y esta fiesta de despedida a ella, hoy en día en esta noche y únicamente esperando la muerte, cada noche es una despedida y un Canto a la Vida y un rechazo total a la ilimitada violencia que existe en este mundo.
Una protesta a este injusto mundo.
Un llanto desesperado de alegría por estar con vida en este día.
Continua...
Carlos Echeverry Ramirez
fitofeliz@hotmail.com
www.carlosecheverryramirez.org
jueves 23 de julio de 2009
Malditos Fusiles....Carlos Echeverry Ramirez(Colombia-Canada)
imagen con todos los Derechos Reservados Catonet Comunicaciones Grupo Inc.
Carlos Echeverry Ramirez
Reservados Todos los derechos de Autor ante CIPO y WIPO
fitofeliz@hotmail.com
Fragmento de: Nuestros perros ladran
Del libro: Compartiendo Alboradas
Y mientras escuchábamos Carmina Burana, los perros volvieron a ladrar en forma desconocida.
-¡Dios mío, otra vez los hombres armados!
Me dije, mientras caminaba la larga distancia de la sala, con sus hamacas, a la entrada de la casa.
Decidido y sin arma alguna abrí la puerta.
¡Qué gran sorpresa me llevé!
Allí estaba una anciana cuyo aspecto me era conocido.
Con cabello blanco, nariz aguileña, ojos grises y mirada inquisidora.
A pesar de lo tarde de la noche y de su mirada, la cual me puso muy nervioso, amablemente la saludé y le pregunté:
-¿Señora, en qué puedo ayudarla?
¡Muchísimo!, Señor Cato, contestó con voz segura.
-¿Me permite entrar en su casa?, dijo muy pausada.
Al escuchar mi nombre me asusté.
-¿Cómo lo sabe?, me pregunté.
Por cortesía y respeto a su edad le contesté:
-Bien pueda, pase usted señora.
-¿En qué le puedo servir?
Le pregunté como habitualmente lo hago con toda la gente que conocía bien.
Después de sentarse en la sala se ensimismó y poco a poco empezó a mirar bien y con atención todos los rincones de la casa llenos de flores y en forma especial las orquídeas y azucenas que colgaban del techo.
En forma muy digna y apenada fue jalando su sencilla falda y cubrió bien las esqueléticas rodillas de su ya extenuado cuerpo.
Le ofrecí un café, los perros más tranquilos dejaron de ladrar. Después me excusé y fui a la cocina y cuando regresé con el café preparado Catalina, mi esposa, que ya había salido de la habitación al escuchar la algarabía de los perros, a esas horas no esperadas, estaba conversando respetuosamente con la anciana. Con curiosidad y mientras ponía el azúcar en su café le pregunté:
-Señora, ¿en qué podemos ayudarla?
La anciana, ahora con orgullo y mirando fijamente, me respondió:
Quiero que conozca Señor Cato, que yo soy la mamá de María… La mujer que sufrió un accidente con usted.
Vengo a decirle lo siguiente:
El dinero que esos hombres armados le robaron
¡Jamás tuvo mi consentimiento!
Yo nunca supe de ello, ni María tampoco.
Nosotras dos, ¡No somos así!
Las únicas mujeres de la casa, ¡No hubiéramos aceptado ese chantaje!
¡Porque un accidente es un accidente!
Y usted no tuvo la culpa de lo que pasó ese día.
Esas son cosas que trae la vida y hay que tomarlas y aceptarlas así.
La anciana respirando profundo tomó otro sorbo de café, despacio y con la mirada penetrante recorrió lentamente toda la casa, sus rincones y sus plantas epífitas, mientras yo intrigado la observaba.
Finalmente suspirando y con una larga exclamación dijo:
¡Ah… Señor Cato!, para ese tipo de accidentes los ricos nunca pierden. Para eso tienen sus compañías de seguros.
-Perdón señora, yo no soy un hombre rico, ni creo que algún día llegue a serlo, no me interesa.
La señora de forma extraña empezó a decir unas frases incoherentes que me dejaron aterrado.
-Y que midiosito santo no me castigue por maldecir.
Yo nunca he querido ni he aceptado la moral de ese demonio maldito llamado en estos tiempos modernos ¡el dólar!
Ese dólar maldito que tanto daño ha causado a nuestros pueblos con esa cultura de Satanás. Dólar del diablo, dólar maldito, maldito sea.
Yo sólo venía a pedirle algo muy especial y sencillo a ustedes dos.
Y no sé si usted pueda y quiera.
Pero... como nosotros, ¡no tenemos una máquina de coser!
Pensamos María y yo que usted, entre sus amigos ricos y conocidos, quizás me puedan ayudar a conseguir una maquinita de coser a un precio cómodo.
Señor Cato, y ¿por qué no?, y ¡mejor!
¡Que me la vendan para pagarla a placitos! ¡Así no le debo favores a nadie!
-Yo me quedé aterrado y estupefacto con lo escuchado y sugerido por la digna anciana de ojos grises.
Mientras salía de la grave perturbación de revivir todo lo pasado en esa amarga y dolorosa experiencia del accidente y el terror que sentí cada segundo que estuve recogiendo a María en el lugar del accidente y luego en el hospital y después con los hombres armados listos para asesinarme respiré profundo dos veces, me fui al baño para orinar y después al regresar me serví un trago de whisky doble.
Así, impávido, y todavía sin creer lo escuchado, le pregunté a la señora anciana -dígame señora, ¿María cómo está?
Después de un contagioso y largo silencio, mientras la anciana se concentraba mirando todo a su alrededor, las niñas de sus ojos se le escapaban entusiasmadas, contentas y llenas de alegre vida otra vez y, tal vez, como en los años felices de su remota infancia en un pueblo de esos del oriente de la Antioquia grande.
La digna anciana con sus huesudas manos se arreglaba, de nuevo, el largo de la falda, para respondernos pausadamente y muy serena, dando fabulosos brincos entusiasmados en la expresión de sus ojos, ahora, de niña pura.
-María está muy feliz.
-¡Es todo lo que les puedo decir!
Y se quedó de nuevo unos interminables segundos en silencio esta vez mirando al Tao, mi perro favorito.
-¡Sí, Sí, María está ¡muy feliz! ¡Muy feliz!
Sorpresivamente dijo: -Señor Cato y usted señora Catalina, me duele mucho lo que les tengo que contar, pero... Si supieran cómo recuerdo aquella noche...
Y la señora se quedó en silencio ensimismada otra vez y yo más sorprendido cada instante que pasaba con esta anciana extraña. Por lo mismo y sin pena alguna y al escuchar lo narrado, le pregunte:
-¿Cuál noche? Haber Señora por favor... cuéntenos.
-Esa noche aquella, larga e inolvidable noche, en que mi querida hijita perdió su bebé.
Era una noche bella de luna llena, y qué bien que la recuerdo.
Era una noche muy extraña también, porque ese día las cigarras cantaron como locas y en todas las horas de la tarde.
Ese día y como cosa extraña me sentía muy sola. La noche y los vientos de ese amanecer eran tibios y húmedos, normalmente son fríos y secos, también había bello trinar de pájaros y en la aurora la atmósfera olía a mango dulce y recuerdo muy bien, como si fuera hoy, cuando María me despertó.
-¡Mamá, Mamá!, esas palabras y lamentos de un llamado de hija a la media noche y como si esas voces angustiadas y lamentos que parecían eternos en esos instantes fueran nacidos de esa misma oscuridad, y como la brisa que me acariciaba me causaron una angustia enorme y un pánico y miedo que nunca había sentido.
La anciana para de hablar. Catalina y yo la mirábamos con el Alfredo, todos aterrados con el relato, ella miraba de vez en cuando las azucenas y orquídeas que cuelgan del techo de la sala.
Hace una pausa, nos mira y luego continúa el relato.
-Sí, a las tres de la mañana, más o menos, escuché:
¡Mamá! ¡mamá, por amor a Dios, por favor ayúdeme!
Asustada corrí donde ella, llegué donde estaba, y la vi entre las sombras y en la penumbra de la noche con la tenue luz de la luna que entraba por la ventanita del cuarto.
Allí la encontré tratando de levantarse de la cama y apretándose desesperada el vientre con las dos manos.
Yo con mi experiencia de todos estos años vividos y con siete hijos muy bien paridos pensé...
¡Ay! ¡Mi pobre hija va a perder el bebé! Y más corrí hacia ella.
Después, apoyándose en mi brazo y con Juan sosteniéndola por el otro, logramos salir del rancho caminando a través del patio para llevarla a la letrina. Teníamos a la luna iluminándonos y quizás como único testigo.
-Mi vida, mi amor, tranquila aguanta, ya todo pasará. Le decía yo cariñosamente. Cuando de un momento a otro...
¡Ay Dios mío! ¡Dios mío!, se le vino el fetico en medio de una gran hemorragia, ella, muy valiente, valiente y no sé cómo hizo, lo alcanzó a agarrar antes que cayera al piso.
La anciana levantándose de la silla camina un poco y nos explica todo lo sucedido esa noche por medio de gestos con las manos y angustiosos cambios de expresiones en la cara.
-Ella, María, mi hija, mi primera hija, lo alcanzó a coger entre sus piernas con sus delicadas manos y segundos más tarde, llorando a gritos al infinito en medio del dolor que sentía me dijo con sus palabras entrecortadas y convertidas en la dulce brisa de aquella apacible noche:
-¡Mamita! ¡Mamita!, tráeme ya y rápido el trapito de satín blanco y la toallita tricolor que tengo en el nochero.
Yo, una anciana ya...
¡Míreme! mírenme todos, Señor Cato y Señora Catalina, me llené de ¡dolor, sí de dolor, de dolor!, y llorando, llorando con un dolor de madre desconocido para mí hasta ese día y hasta ese entonces de todos mis largos días de esta amarga vida, y sintiendo el dolor infinito de mi hija, regresé corriendo rapidito con la luz de la luna al rancho.
Adentro prendí la única vela que nos quedaba.
Y sacando el trapito de satín blanco y la toallita y con ellos en mis manos, estas manos, que usted puede mirar bien, ya cansadas de dar ejemplo de trabajo a todo el mundo, regresé a la carrera otra vez, donde mi hija María estaba y llevaba también en la totuma un poco de agua fresca con azúcar.
Al llegar me senté junto a ella y se recostó junto a mí, luego se lo di a beber con mis propias manos.
Llorando desconsolada mi pobre hija tomó el trapito blanco y la toallita, luego despacito, muy despacito, envolvió con toda su ternura y amor infinito el fetico ensangrentado con ellos.
Lo abrazó largos segundos junto a su pecho mientras lloraba desconsolada y miraba desafiante hacia la luna.
-La señora nos clava la mirada de sus ojos grises, y me dice:
No sé, de dónde, Señor Cato, hoy en día todavía me pregunto:
¿De dónde?, y con esa hemorragia que tenía y que mostraba la sangre en la batola de dormir mi hija.
Yo me pregunto a mis años de ¿dónde sacó la fuerza? ¿De dónde sacó esas fuerzas increíbles para caminar como una leona herida toda esa distancia, que hay desde el rancho… hasta el Jardín Comunitario?
Allá en ese lugar apacible del Jardín Comunitario, con sus propias manos y las uñas llenas de sangre, cavó con una de ellas un hueco en la tierra de unos veinte centímetros de profundidad; mientras sostenía en la otra, su fetico ensangrentado envuelto en el trapito blanco y la toallita tricolor.
Ella, mi hija, esa leona herida, con movimientos llenos de ternura y dolor sin límites, fue llevando lentamente el feto a su pecho por última vez en su vida.
Allí, en su pecho, con los pezones bellos, crecidos y tristes; esperándolo inútilmente para siempre, y observándolo todo, como testigos mudos e impotentes de su dolor ante el mundo. Allá, en el Jardín Comunitario, ella, mi María, lo abrazó largos instantes con todas sus fuerzas, y luego dando un envolvente e interminable grito celestial a todo este mundo invadido por la maldita violencia lo empezó a depositar muy despacito, muy despacito en la muy negra y siempre fértil tierra de estas majestuosas montañas y valles de la cruel y triste Colombia, mientras gritaba enfurecida a la luna y al universo su desgracia y su dolor.
Con el fetico ya puesto en la tierra lo empezó a tapar lentamente con sus manos mientras lo observaba y lo guardaba para siempre en su alma, mientras poco a poco la imagen desaparecía de este mundo por la tierra que ella iba poniendo encima.
De esta forma lo cubrió poco a poco con la negra noche y siempre grata tierra. Mientras seguía llorando desconsolada y mirando ahora como mujer y más desafiante que nunca, a su alrededor, a la luna y al triste mundo.
Yo la dejé por unos minutos y cuando regresé con más agua con azúcar en la mismita totuma me decía en medio de imparables sollozos -que me hicieron pensar que mi María se me había vuelto loca-.
-¡Mamá!, ¡Mamá!
¡Ya veraz cuando crezca!,
¡Será un hombre bueno y siempre útil a la comunidad!
¡Será un hombre que ayude a todo el mundo!, ¡sin egoísmos!
¡Será un hombre de Paz!
Abrazándola muy duro, y con todas mis fuerzas y sin encontrar la ternura y el amor suficientes en este infeliz y desgraciado mundo para calmar su dolor logré sacar de la inmensa rabia, frustración y odio que sentía en esos instantes para escasamente también decirle en medio de mi llanto y llena de nuevo coraje:
-¡Mija, mi vida!, tus lágrimas ya humedecieron para siempre la tierra que el hombre nuevo en Colombia y Latinoamérica necesita para crecer.
-¡Vamos, vida mía!, ¡vamos a dormir!
-Te lo suplico, María ¡ven mi vida!
No me respondía, era sólo sollozos.
La levantamos, y a rastras la llevamos a través del patio hasta el rancho y la pusimos lentamente en la cama.
Estando acostadas las dos y abrazándola con todas mis fuerzas volvió a tomar un poco más de agua con azúcar en la vieja totuma y en pocos segundos estando abrazadas y cogidas de la mano, mientras Juan nos observaba asustado, se quedó dormida.
No puedo contar o describir qué sentía en esos momentos.
Minutos más tarde, después de haberme acostado y en la soledad de mi cuartucho, pensaba en lo duro que es la vejez para las mujeres cuando estamos ya viejas, con artritis en las manos, muecas, llenas de arrugas y feas. Y peor aún, cuando somos pobres y creemos que no hemos hecho nada de valor en este mundo. Cuando sobramos en todas partes, cuando estorbamos en todos los lugares y rincones que ni toser nos dejan o podemos. Y que sentimos que ya no somos útiles o nos hacen sentir inútiles para todo, que ya ancianas somos un fracaso al final de nuestras vidas, que ni para pagar un entierro de segunda y en cementerio de pobres tenemos.
Por todo eso anterior, me entró un no sé qué. Un desespero, un acelere, una sensación extraña, una angustia desconocida y sin pensarlo dos veces me fui directo a la cocina del rancho. No me importaba la oscuridad de ese momento, nada me importaba, y allí con la poca luz que entraba por la ventanita del cuarto encontré por fin el cabito de la vela que aún nos quedaba.
Estaba desesperada porque los cerillos se habían humedecido. Trataba y trataba de prender uno, ya llegando al final de la caja, ¡por fin un cerillo prendió!
Y luego con la luz del cabito de la vela me puse a buscar, a ver..., sí, a ver... si la suerte me acompañaba y -midiosito santo-, si al menos encontrara uno.
Después de algunos minutos de buscar entre todos los tarros ya vacíos por falta de granos, encontré uno. Un frijolito.
El único que nos quedaba. ¡Bendito sea mi Dios!
Cuidadosamente lo puse en mis cansadas manos y apretándolo duro para que no se me fuera a perder salí corriendo llena de entusiasmo al Jardín Comunitario.
En el jardín miré a la luna e increpándola por lo sucedido a María, y llena de extraña amargura y sentimiento que no sé qué era, hice un hueco en la tierra.
Creo que lo hice quizás con odio y no sé por qué, pero me sentí también llena de fe y de firme esperanza en el porvenir sembrando el frijolito en la mismita tierra, al lado donde María, ¡mi hija!, ¡mi vida!, mi leona herida enterró su fetico bien humedecido con el llanto.
En la fértil tierra del Jardín Comunitario para que el frijolito creciera para siempre acompañado del dolor infinito que ella sintió esa noche.
Señor Cato y Señora Catalina, sólo vine esta noche a decirles, que siento una emoción que no sentía desde hace ¡muchos y muchos años!
María está en embarazo otra vez y hoy, seis meses después que sembré esa planta de fríjol en aquel jardín, ¡esa planta es gigantesca y divina!
Todos los compañeros, vecinos, los ancianos, mujeres, hombres y todos los niños del Jardín Comunitario cogemos nuestros frijoles de ella.
Y… lo más extraño… ¡parece un milagro! Y aunque muchos no lo crean por siglos, ¡es que esa planta! ¡siempre!, ¡siempre tiene frijoles!
¡Y siempre tendrá para todas aquellas familias que tengan hambre!
Barcelona - España
Octubre 7 de 1998
©Carlos Echeverry Ramírez
COLOMBIA
www.carlosecheverryramirez.org
fitofeliz@hotmail.com
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sábado 13 de junio de 2009
El último Viaje
ISBN: 0-9683701-0-1
Reservados Todos Los Derechos de Autor Ante CIPO Y WIPO
Prohibida su reproduccion por cualquier medio de tecnología.
Para Catico y la ....
Fragmento (17)
Observé la alegría de una anciana cantando y los estragos causados por las brasileras y brasileros con los trajes del carnaval de Río; ahora, veía un trencito bailable entre toda la gente.
Tomé el lazo de mi mula y acaricié la perra, para estar seguro que en este descontrol momentáneo producido por la inusitada alegría de ser libre otra vez, no se me fueran a perder o ¡alguien me las secuestrara!, o ¡robara!, ¡Pero, increíble! Ya se habían llevado mis dos bulticos de café y los dos racimos de bananas.
Pierre Charbonell, el carcelero, con su autoridad, se arrimó y dijo que teníamos que salir. Con los policías a mi lado empecé a salir del recinto acompañado de Policarpa la mula y de Tamara mi perra.
En algunos momentos quise quedarme para disfrutar de este carnaval tan increíble que se estaba formando. Los hombres amables, los colombianos de las ruanas blancas y sombreros, me pasaron el agua bendita, producto de la caña de azúcar, ardiente y deliciosa, después de tanto tiempo sin beberla; hablé con aquellos montañeros que tenían cuentas en los bancos de Ginebra, y, con picadas de ojo y el “avemaría pues”, seguí mi camino, recordando a Marinilla y Rionegro, a Guarne, Cocorná y El Santuario.
Más adelante me encontré con unos emocionados personajes, vestidos de abrigo negro con sombreros de copa negra, cabellos rubios con patillas largas y enroscadas a los lados de sus rosadas caras y frustrados ojos azules; todos con fusiles colgados del hombro y unas barbas blancas y descoloridas hasta el pecho y un libro negro en la mano derecha, como se ven muchos en Nueva York y en Manhattan.
Me sorprendió que uno de ellos me saludara con mucha efusividad y lágrimas:
-¡Neftaly!, ¡Neftaly!, ¡Neftaly!
-¡Shalom! -respondí yo agachando mi cabeza, por respeto a su edad y dignidad, y a la dimensión de su saludo.
Neftaly -el hombre que todo lo sabe.
-el hombre que todo lo ha vivido.
Hubiera preferido mil veces que ese amistoso saludo se lo diera a sus vecinos en Palestina y recordaran el proceso que se inició en Oslo, en busca de la paz para Medio Oriente.
Así, poco a poco fui saliendo entre los policías y la gente al lado nuestro. Al llegar a la calle la lluvia ya había cesado, había muchísima gente siguiendo el ritmo de la música y tomando vino, tequila, pisco, ron y aguardiente. Yo llevaba con sumo cuidado y alegría a mi mula y a la perra ¡con los gringos detrás, filmando y grabando todo!
De pronto una joven pareja se atravesó en nuestro camino y se me presentó. Me dijo que eran de la Sociedad Protectora de Animales.
¡NO!, era lo único que me faltaba, el atropello y crueldad contra los animales, otro juicio por esto que es un delito grave en países del norte. Pero, gracias a un -Dios mío-, la pareja amablemente me tranquilizó y me informó que se harían cargo de enviar por avión a mi perra Támara y a Policarpa mi mula, a la tierra del futuro de la humanidad; a la tierra del ensueño; a la tierra de la alegría: Latinoamérica.
Gustoso y agradecido de escucharlos firmé los papeles, les di la dirección y el teléfono de mi padre para que mis amados animales fueran enviados inmediatamente por avión, y trasladados al pequeño terreno de una hectárea de tierra que él tenía en la montaña, mirando hacia el valle del río Cauca, donde está el conocido Club Campestre del Cañaduzal.
Caminando más relajado en medio de los policías, sin mi perra y mi mula, y sin las carguitas de café y el racimito de bananas, que desaparecieron en medio del tumulto, logramos abrirnos paso entre la satisfecha muchedumbre que estaba ya celebrando lo que había pasado dentro del tribunal.
Moviendo nuestros cuerpos al ritmo de la música, entramos con Charbonell en un automóvil. Tres carros más de la policía nos acompañaban para poder avanzar entre la gente. Salimos con dirección a la cárcel, no podíamos contener nuestra risa y admiración al ver en lo que se había convertido este día la ciudad de Ginebra.
Nuestra sorpresa se convirtió en asombro cuando, en la distancia, en plena calle, vimos venir un elefante hacia nosotros. Sí, un elefante y detrás un circo, un circo real, con sus enanitos al frente. El primero vestido todo de rojo, convertido en un diablito, tenía enormes gafas oscuras y era rechoncho, llevaba colgado del hombro un tambor de hojalata que tocaba sin misericordia; la enanita, vestida también de rojo escarlata y con gafas de piloto, Ray Ban de color verde, iba sentada y muy feliz en el cuello del elefante, exhibiendo cínicamente una pancarta que decía:
Somos el
Circo de la Gente
linda y pobre latinoamericana
sin pasado, con presente
incierto y sin futuro, y damos
8.000 bienvenidas a los políticos,
los bandidos y corruptos del mundo,
que depositan todo nuestro oro y dinero
en los bancos de la ciudad de Ginebra.
Recuerdo bien que al lado del inmenso elefante iban unos soldaditos tristes, un grupo de policías jóvenes ya cojos y otros mancos, una parejita de mestizos con sus 5 hijos, con el hambre en la cara, terror en sus ojos, y vestidos con harapos, y luego unos 40 maravillosos payasos; me extrañaron mucho los colores de sus corbatas gigantescas, sus coloridas camisas de impecables cuellos blancos y la forma mágica cómo en vez de llevar en sus manos, las conocidas bolitas de colores que tiran al aire, y giran a través de ellas, estos payasos manipulaban, para nuestro asombro, finísimos maletines de piel de cocodrilo conteniendo cosas amadas por nosotros y sólo posibles en la realidad creada en nuestro gran circo latinoamericano. Estos objetos de la vida diaria, eran cositas hechas en miniatura como las vi yo y las vimos todos nosotros con nuestros escépticos y aterrados ojos: veíamos cuadernillos con leyes de privatizaciones y endosados contratos de acueductos, de refinerías, de escuelitas, de papeleras, de obras públicas, de alcantarillados; de puentes y carreteras, de hidroeléctricas; de centrales de telefonía, de adjudicación de fértiles tierras, y de obsequio de bancos y aerolíneas.
Asombrados veíamos también cómo unos payazos grandotes, de ojos azulados, cabellera rubia y nariz de pinocho, debajo de sus mangas sacaban bolsitas con dolaritos; con pesetas, francos, marcos y libras esterlinas; sacaban lujosos automóviles en miniatura, anillitos con nuestro oro y esmeraldas perdidas en la colonia y preciosos diamantes, manchados con la martirizada sangre africana; y en forma habilidosa, por debajo de sus piernas, contorsionándose, y sin que nadie de los miles ahí presentes los pudieran descubrir, intercambiaban sus bolsitas por los maletines.
¡Qué maravilla! representaban a la perfección el cotidiano drama, en pequeño, de nuestra bella, pero, agobiada tierra latinoamericana.
El conductor del automóvil, aterrado, paró y sacó su cámara fotográfica para capturar este fabuloso circo tropical que representaba nuestro diario vivir.
¡La corrupción de muchos de nuestros gobernantes y políticos!
No puedo olvidar que después del elefante y los payasos venía el domador de las fieras del circo con sus gafas y unos bigototes que me recordaron los mostachos de los conquistadores cuando llegaron a nuestras tierras y, con espejitos y, con pólvora, el fusil, la cruz y los cañones, domaron y doblegaron la férrea voluntad de nuestros indígenas, verdaderos dueños de la tierra prometida, destruyéndoles su milenaria cultura y enseñándoles con sangre, en nombre de-su-dios, sus viles y mezquinas ambiciones.
Detrás del corrupto domador, quien llevaba una rosa en la mano, y detrás de sus fierecillas domadas, venían unas hormigas gigantes con culos inmensos cerrando la procesión. Nosotros, Charbonell y yo, junto a los otros policías, apenas nos mirábamos al ver esta maravillosa representación de la realidad latinoamericana, por medio de este circo venido de tan lejanas tierras del trópico a formar parte de los artistas y músicos de los festivales que se celebraban en estos días en Ginebra.
Apenas pasó el circo de la corrupción y toda la ruidosa y vergonzante muchedumbre con el domador y todo aquello que lo acompañaban vino la calma, el silencio y, por fin, la tan anhelada paz y tranquilidad que tanto ansiaba.
Pierre Charbonell nos volvió a la realidad. en su condición de carcelero y jefe, ordenó reanudar la marcha. En el trayecto de regreso, la ansiedad me consumía por llegar rápido y firmar la boleta de salida.
Al entrar en el edificio de la cárcel, recordé al hombre árabe, aquel que cuando entré por primera vez a este lugar y a una cárcel en mi vida, me gritó:
-¡Alahu-Akbar!
Charbonell me acompañó hasta la celda después de subir en el ascensor los siete pisos; al llegar activó el control electrónico, abrió la puerta y en la celda preguntó si tenía hambre.
-Un hambre de caníbal,
le respondí.
Sonrió y respondió que pronto regresaría con algo delicioso para comer, más los documentos para firmar que me darían, por fin, la tan ansiada libertad. Con un apretón de manos y entre risas se despidió, cerrando la pesada puerta.
Cuando Charbonell salió me acosté en la cama y solté una monumental carcajada, reprimida desde los años de infancia; no podía creer lo que había vivido todos estos días encerrado en una celda. Y sí que menos podía creer toda esa fantasía; toda esa algarabía y locura de tantas razas y gentes de todas las naciones y condiciones humanas, reunidas en un tribunal de justicia de la Suiza, reclamando Libertad!; reclamando Humanidad!; reclamando Dignidad! Reclamando más que nunca Justicia Social.
Sentía un profundo alivio en mi corazón.
Estando en ese estado de emoción, me levanté y también sentí que el dolor en la espalda había disminuido, caminé, fui al lavamanos, tomé agua, miré los libros sobre el pupitre de escuela, luego me dirigí a la ventana, y desde allí envié mi alegría mentalmente a toda la gente que estaba celebrando la inesperada fiesta formada.
Les envié mi risa para que se esparciera por Ginebra y el mundo, en todas sus gentes, cafés, calles, recintos cerrados, y para todos aquellos seres que me habían acompañado en mi vida y en especial este día.
Al mismo tiempo, y sin comprender una razón lógica, del canal de la música clásica, salieron unos coros bellísimos, eran la “Oda a la Alegría” de la Novena Sinfonía de Beethoven.
Al escucharlos me agarré duro de la malla en la ventana, esto fue lo único que pude hacer; allí parado, escuché la música y me quedé mirando a lo lejos el umbral del nuevo amanecer y la oscuridad de las vecindades de la ciudad de Ginebra.
No pude medir el tiempo después de aquel momento.
Al rato, llegó Charbonell, traía los alimentos y decidió acompañarme por un momento; yo sentado en el pupitre doble de escuela y él caminando, empezamos a reírnos a carcajadas de lo sucedido, recordábamos todo. Yo no podía, aún, aceptar todos los sucesos vividos ese día y que cambiarían mi vida por siempre.
Firmé los papeles de la libertad que Pierre Charbonell había traído; me informó que al día siguiente sería llevado al aeropuerto de Ginebra, se me entregarían mis documentos y un boleto de avión Ginebra-París, más un dinero prestado por el gobierno suizo, con altos intereses, para sobrevivir en Francia el día de espera, mientras mi vuelo París-Montreal salía.
Feliz con esta noticia que me daba, intercambiamos nuestras direcciones de casa y dijo amigablemente que estuviera listo a las siete de la mañana. Luego me dijo que más tarde iría con su esposa a celebrar el cumpleaños de ella. Tenían unos amigos esperándolos en un restaurante.
Esa noche dormí profundo, tranquilo y feliz.
Al día siguiente, Charbonell llegó con la exactitud de los relojes suizos, siete en punto; traía el desayuno y un café para él, abrió la puerta metálica, saludó y contó de la reunión y fiesta del cumpleaños de su esposa. En los canales de música sonaban las baquianas brasileras número cinco de Villalobos; charlamos unos veinte minutos, luego preguntó si estaba listo.
-Siempre estoy listo para lo que sea.
Charbonell empezó a caminar nerviosamente en la celda de un extremo a otro, como si fuera el hombre que se quedaba en ella. -¿Tienes todo en el morral?
preguntó cuando se volvió hacia mí.
-Sí. -¿No olvidas nada?
De inmediato regresé, entré en la celda, miré todos sus odiados rincones, escuché el eco de mi llanto y gritos de dolor; luego salí muy tranquilo, y antes de que Pierre cerrara la puerta volví y miré dentro de ella, ¿Olvidaba algo? Sí.
Sí, lo único que pude ver, y, que dejé abierto sobre el pupitre doble de escuela, fue una tímida Hojarasca del año 1955 de mi Maestro.
Salíamos de la celda en dirección al aeropuerto, caminábamos por el iluminado corredor escuchando el oscuro y desesperado llanto y los gritos de seres encarcelados; tomamos el ascensor; al salir del edificio con Pierre y cuatro hombres de la policía que nos acompañaban, nos distribuimos en dos carros que nos esperaban para ir al aeropuerto, algunos policías de cuerpos gigantescos me miraban cómplices por la fiesta y rumba que todavía se celebraban en algunos apartamentos y parques de la ciudad.
Entramos en un automóvil, Pierre adelante y yo en la parte de atrás. Empezó a comentar y reírse de la fiesta que se había formado el día anterior, aquella fiesta iniciada cuando el hombre aquel ojizarco gritó:
¡Inocente!, ¡Inocente!, ¡INOCENTE!
Pierre recordaba cómo con su esposa y sus colegas de trabajo y universidad, después de comer en el restaurante y dirigirse a la casa, al pasar por el Parque de la Esperanza; habían visto que los puritanos pervertidos estaban filmando al hombre de los gritos ¡Inocente!, ¡Inocente!, ¡INOCENTE!; el ojizarco, quien celebraba en medio de hombres que hablaban lenguas extrañas y bailaban contorsionándose al ritmo de los tambores, lutes, guitarras, flautas, trompetas, maracas, acordeones, tamboras, tiples, quenas, flautas y charangos. Sí, en medio de todos estos jóvenes peludos y muy alegres y mujeres en jeans y camisetas ceñidas con sus pezones empitonados por el sudor, llenos de ilusiones y utopías- y que estaba bailando emocionado, con su larga toga negra, la lambada brasileña con una mulata de dieciséis años vestida con el traje del carnaval de Río. Bailaba endemoniado al ritmo de la música, con las gambetas y movimientos del escultural cuerpo de la mujer brasilera, que seguía el sonido alegre de todos los instrumentos.
La mulata brasilera con su risa loca, su voluptuoso cuerpo deseado, su sudor salado de mares tibios y su alma felizmente embrujada ¡tenía seducido del totazo al hombre de la justicia! y él feliz...
Pierre contaba divertido de la alegría y la risa de la gente al ver al hombre, al ojizarco, al juez, completamente endiablado por aquella mujer latinoamericana; peor aún, reconociendo que jamás en su vida el ojizarco había tenido la oportunidad de conocer estas maravillosas y completas mujeres, hasta esa noche o ese día que cambió la historia de la ciudad de Ginebra. Mejor dicho, en los días antes de esta Fiesta de los Inocentes y los días después de la fiesta.
En el automóvil de la policía el otro agente, el conductor, en medio de su controlada y obligada compostura, simplemente reía al escuchar todo lo que narraba Charbonell.
Al llegar al aeropuerto fuimos a un edificio donde se encontraban varios hombres con fusiles, quizás vigilando la reprimida paz de esta ciudad. Caminé lentamente mirando alrededor, como siempre lo hago. Así llegamos a una oficina espaciosa. En ella, un hombre se presentó como el director, era un anciano, un ex juez igual que el ojizarco que gritó emocionado: ¡Inocente!, ¡Inocente!, ¡INOCENTE!
Este hombre de setenta y cinco años, amable y sincero, que me hizo recordar las gentes que había conocido en otros lugares de la Suiza, el país donde las jerarquías son el sentir y el vivir de sus habitantes.
El hombre director de la oficina me indicó que firmara unos papeles; sin leer firmé lo que se puso por delante; sólo pensaba en llegar a Montreal y estar de nuevo con mi fiel y cariñosa esposa, ignorante de lo que me había pasado.
Firmados los papeles, el hombre, el ex juez, nos invitó a su oficina; Pierre y yo entramos y tomamos asiento, de un termo nos sirvió Café de la Colombie. Ahí, entregó mis documentos, mi tiquete de avión al Canadá, más un boleto en primera clase Ginebra-París, y 1000 francos en billetes que el gobierno suizo prestaba con altos intereses para poder sobrevivir en París mientras mi avión salía para Montreal
Continua...
Escrito en Toronto-Canada
en diciembre 28 del año 1996
Carlos Echeverry Ramírez-(Colombia-Canada)
Fitofeliz@hotmail.com
www.carlosecheverryramirez.org
lunes 8 de junio de 2009
Juntos los Dos
Juntos los dos
Carlos Echeverry Ramirez--ISBN: 0-9683701-0-1
Reservados Todos los Derechos de Autor ante CIPO Y WIPO
fitofeliz@hotmail.com
Juntos los dos
-Jóvenes, usted señor Cato, les quiero comentar lo siguiente:
“Hoy mi cansancio es mayor que en muchos años anteriores y muchísimo más que cuando estuve en la guerra”.
Anoche estando acostado tranquilo, quizás como siempre, después que mi esposa Charlotte se fue a acompañar a Martina y su fiel perro, a la caminata habitual, hora en que el can hace sus necesidades y Martina recoge en bolsa plástica la mierda, yo me quedé leyendo tranquilo, acompañado de un Cherry semiseco y las melodías del violonchelo de Pablo Casals.
Cansado, por el duro trabajo del día anterior, dejé el libro sobre la mesa, fui a mi habitación y al entrar en ella puse el termostato en dieciocho grados, desnudo me metí debajo de las cobijas; allí en la comodidad de la cama y después de poner mi postiza dentadura en su medio adecuado y colocar mis anteojos encima de la pequeña mesa de noche, apagué la luz de la lámpara de leer y dormí sin problema.
No sé cuantas horas habían pasado, cuando en el silencio y oscuridad de la noche, escuché ruidos muy extraños al exterior de la alcoba, exactamente en las escaleras; eran unas risas escandalosas y palabras desconocidas por mí. Yo, un hombre que habla el latín, me asusté y sorprendido me senté a esperar el fin de lo que escuchaba, sin tratar de hacer juicio alguno.
Consciente estaba de que Charlotte, mi querida esposa no había llegado, ya que varias veces toqué el lado de la cama donde duerme y no la encontré, lo cual me causó mucha angustia; así, lentamente, los sonidos terminaron de subir las escaleras y finalmente entraron en la habitación...
Observé, cauto y desconfiado, entrar una sombra amorfa, un bulto grande moviéndose con dificultad; con mis cansados ojos de anciano no podía tampoco distinguir qué era, sólo escuchaba las risotadas escandalosas, las palabras enredadas y un fuerte y marcado olor a alcohol.
Nervioso, dudé de mis actos y pensamientos, creí momentáneamente que era una mujer de vida alegre y numerosos clientes que se había equivocado de casa y aposento; como pude, a tientas de ciego y en la negrura de la noche busqué mis gafas, para poder prender la pequeña lámpara. Después de hacerlo y para mi gran sorpresa encontré a ¡Charlotte!
Sin creerlo ni aceptar, la encontré tirada al extremo de la cama, ¡Mon Dieu! ¡mi esposa! ¡¡La bióloga!!, la directora por treinta años del famoso coro de música sacra en la conocida iglesia luterana de Ginebra, la mujer maravillosa, ¡Quelle horror! , la madre de mis cuatro hijos estaba ahí, tirada al extremo de la cama, ¡¡completamente borracha!! hablando en un idioma incomprensible, riéndose y actuando, como nunca antes en nuestra apacible vida y después de cuarenta años de casados, a estas horas de nuestro matrimonio y en el cenit de nuestras vidas.
Traté de encontrar la causa de este inusual estado en ella, después de tantos años compartidos, desde aquellos en los que yo iba o ella venía al pequeño jardín al frente de la facultad a esperar que terminaran nuestras labores académicas en la universidad. No supe que pensar.
Estimados señores y usted señor Cato, no sé que decirles o como expresar lo que sentí en ese momento.
Recuerdo que tuve un inmenso vacío, una ahogadora tristeza, solté una irónica risa, un débil entusiasmo y una rabia pasajera, y también todo aquello que puede un hombre de mis conocimientos y jerarquía experimentar, en esos segundos al ver a su querida esposa en esas lamentables, terribles e inaceptables condiciones.
Horrorizado de ver a mi Charlotte en esa situación, con voz angustiada, sintiendo una punzada fortísima en mi débil corazón y dolor en mi brazo izquierdo, le pregunté:
-Charlotte, mon amour, mon Dieu, ¿Qué te han hecho?
Atónito y horrorizado, la observaba.
Ella poco a poco, organizó sus desvariados pensamientos en medio de risas desconocidas, con ternura abrasadora y en una voz jamás escuchada en todos nuestros largos años de nuestra feliz relación, me dijo:
-”Freddy, mi amor, ¡mi tesoro!, ¿Recuerdas anoche cuando vino Martina con su perro a que la acompañara a caminar?... Muy bien, las dos nos fuimos conversando, mientras el can buscaba un lugar verde donde hacer sus necesidades. Conversábamos de muchas cosas, de ti, de Teodoro; charlábamos acerca de nuestros hijos, de sus alegrías y frustraciones, de las duras dificultades que enfrentan aún con todos sus títulos académicos para encontrar un trabajo estable y bien remunerado; dialogábamos de nuestras cosas de mujeres y que muchas veces o casi siempre son muy diferentes a las que los hombres hablan entre ellos; analizábamos también con impaciencia lo poco que podemos hacer o que se nos permite por ustedes para mejorar el mundo; tristemente comprendíamos lo mínimo que es aceptado y con escasa alegría recibido por los hombres para hacer más solidario el bien común.
Caminando las dos solas, apartábamos con nuestros bastones las hojas caídas, que anuncian el fin del verano, acompañadas mentalmente, por aquello que hemos creado, es decir nuestros hijos. Martina iba muy preocupada y yo, meditabunda, llevaba en mí algo que no te he dicho en los últimos años: sentía una creciente ansiedad de ver lo trágico que sucede en el mundo fuera de nuestros vecinos, en otros países y regiones. Llevaba tristeza y frustración, de ver lo poco que puedo hacer para cambiar lo que escucho en todos los lugares que tú, como hombre, no frecuentas, no escuchas, no entiendes, no quieres aceptar ni escuchar y que quizás jamás comprenderás.
Martina y yo sorpresivamente, escuchamos a lo lejos, en el Parque de la Esperanza, unos rumores de tambores como africanos, unas guitarras, unas trompetas, flautas, lutes de Persia, bandoneones, maracas de Sur América, acordeones, trompetas, tiples, guitarrones y unos violines gitanos de Hungría y Rumania. Nosotras, como bien tú sabes, somos curiosas y dueñas de una intuición, que ustedes no tienen; ansiosas apresuramos el paso y fuimos a ver qué era esa música tan bella, esas melodías con una sensualidad envolvente que ahora escuchábamos en el mismo parque al cual íbamos tú y yo, cuando éramos jóvenes y nos sentábamos a conversar del futuro, de nuestros sueños e ilusiones. ¿Recuerdas mi amor, mi tesoro?
¡Freddy, escúchame! ¡Escúchame_!
Al llegar al parque, Freddy, mi amor, encontramos unas mujeres y hombres extranjeros de pelo azabache con ropas llenas de colores, con todos sus niños cantando al son de la música y bailando en una armonía, en un ágape que jamás yo había presenciado en Europa.
Fuera de nosotras, estaban muchas parejas conocidas, había varios ex colegas y ex alumnos tuyos de la Universidad, las parejas y los vecinos nos quedamos quietos y perplejos presenciando esa reunión, una fiesta llena de amor y de fraternidad.
Martina y yo, dos mujeres ya viejas y feas, como dos ancianas esperando sólo la muerte, sorpresivamente nos encontramos, igual que los otros, en la mitad de ese pequeño carnaval.
Las mujeres y hombres tenían unos dientes hermosos color nieve, una piel canela y cabellos oscuros como las noches del invierno, sus músculos tenían una simetría excelente, pequeños cuerpos en volumen pero de una definición muscular sin igual.
Algunos tenían una personalidad, una alegría y dinamismo como el agua en nuestros riachuelos cuando baja las montañas en la primavera. Martina y yo fascinadas con esas risas melodiosas mirábamos todo.
Allí, nos ofrecieron vino y con todo el respeto del mundo nos invitaron a bailar; sí, a compartir con ellos la alegría. Martina bailaba. Yo también extasiada miraba cómo ellos bailaban conmigo sin importarles mi lentitud, mi torpeza al llevar el ritmo, mis arrugas de mujer vieja y fea. Todos nos aplaudían sin parar; esta gente desconocida por nosotros, únicamente quería que Martina y yo, como seres, disfrutáramos la vida y la alegría creada por estos músicos que vinieron al festival.
¡Hubieras visto a Martina bailando!. Cómo se reía, ¡parecía una loca! Igual a esa gente, a esas mujeres y hombres locos del parque llamados injustamente así por nosotros los suizos. Qué ternura nacía en las miradas de sus hijos, en los melancólicos ojos y en sus risas apacibles.
Freddy, mi amor, espero comprendas, ahora porqué estoy tan contenta y ¡porqué decidí tomarme unos vinos de más! Simplemente compartí con esos locos la fiesta, que en ese parque de Ginebra, comenzamos a llamar la Fiesta de los Inocentes.
Te preguntarás... ¡escúchame amor! ¡escúchame! ¿te preguntarás cómo llegué a casa?
Te lo diré:
Cuando me sentí ya cansada de reír y bailar y, de oír tantos aplausos, como nunca antes en mi vida los había recibido con tanta espontaneidad y simpatía, le dije a unas mujeres llamadas Pilar Torres, la Mechas Otoya y María Teresa, que, a propósito, me dijeron que trabajaban como científicas investigadoras en un centro agrícola del cañaduzal, que Martina y yo queríamos regresar a casa.
Al instante, seis parejas de los latinoamericanos ahí presentes, en forma alegre y aún disfrutando con la música, nos acompañaron despacio a casa.
Las mujeres charlábamos y nos reíamos, los hombres hablaban con los niños. Ellas, las mujeres jóvenes, hacían muchas preguntas de nuestros sistemas políticos, sociales, económicos y de mi relación personal contigo; eran muchas preguntas sin pena, ni amargura, como si hubiera en ellas una insaciable sed de conocimiento.
Al rato, caminando en medio de todas estas conversaciones, no sé porqué y a estas horas de mi vida como mujer, a mis setenta y cinco años, en forma total empecé a sentir en todo mi cuerpo unas ganas y deseos inaguantables de estar junto a ti.
Sí, mi amor, Freddy, mi tesoro, sentía unos deseos irreprimibles de tocarte y sentirte junto a mí y que no tenía en muchos, muchos años.
Me sentía una adolescente, con deseos húmedos y ardorosa pasión. Quería que me tocaras, que me besaras, como en aquellos años ya lejanos e inalcanzables para los dos, aquellos días en que ¡me jurabas amor eterno!. Cuando éramos jóvenes y bellos, cuando éramos sólo los dos.
Quería que nuevamente te olvidaras de todo aquello que existe en el mundo, ser el Eje del Universo y volver a escuchar cuando tú me decías que yo era toda tu gloria.
Al llegar a nuestra casa, acompañada de todo este grupo y subiendo las escaleras como podía, sentí otra vez nervios y pánico de lo que había pensado y deseado en el camino, no pude contener mi nerviosas risas al darme cuenta y aceptar que estaba húmeda en mi cuerpo, a mi edad y ¡¡después de tantos largos años!!
Más ganas me entraron de acariciar tu ser, de contar nuestras costillas marcadas por las huellas del tiempo, de sentir mis flacas y fláccidas piernas, tocar y palpar tu vencido pecho, tus hombros ya cansados, tu inflexible espalda. Quería y ahora quiero, que toques todo mi cuerpo, mis arrugas en barro seco por donde pasaron los alegres y esquivos riachuelos, las profundas grietas de mi piel, como si fueran hoy alegres acordeones tropicales.
Que muy lento y con todo nuestro tiempo, me beses toda. Sí, quiero que me beses suave, dulcemente.
Que acaricies mis largos y descolgados senos con sus tristes y marchitos pezones, como si fueran ellos esta noche y ahora dos fértiles oasis en un árido desierto, donde se alimentó la belleza de nuestros hijos.
Quería que juntos esta noche, tú y yo, nos llenáramos íntegros de amor en un triste mundo moderno donde éste ya no existe.
Y así los dos en uno...
-Sí mi amor, ¡los dos!, ¡sólo los dos!
-Y, en un interminable beso fuéramos felices una vez más al final de la noche...
en Toronto Diciembre 28 del 1996
Dia de los Inocentes....
Carlos Echeverry Ramirez--- Colombia
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Carlos Echeverry Ramírez(Colombia)
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